El Zen, cosas que no son… o sí.


La estética Zen ha cautivado a medio mundo, incluso inspiró toda una corriente estética y artística conocida como Minimalismo y ha quedado como imagen tópica de lo que Japón es y significa tanto en plano meramente estético sino en algo mucho más profundo como es el misticismo y la religiosidad.
Me declaro activo militante de la Libertad de Culto y creencias, creo firmemente en la frase “defenderé hasta la muerte tu derecho a expresar tu opinión aún pensando que estás equivocado”, por tanto que nadie trate de entender que estas líneas van en contra del Budismo Zen, van en contra de la ignorancia, la incultura aún a sabiendas de que ésta es una actitud quijotesca, que la inmensa mayoría, si llegan a leer estas líneas, me tildará más o menos que de hereje y seguirán encerrados en su burbujita


El Zen es una forma del budismo, como tal busca el Satori, el despertar, la iluminación, trascender al “mundo de sombras” que es el mundo que perciben nuestros sentidos para llegar a su esencia original.
Dicho así suena muy espiritual y místico, tanto que ha dado lugar a millones de páginas escritas que hablan sobre la trascendencia del espíritu y liberar la mente.
El problema reside en que mente y espíritu son una sola cosa en el pensamiento japonés, incluso el corazón, los pensamientos y sentimientos forman parte del mismo concepto: Shin (心) un concepto que expresa lo que en occidente se ha llamado “mundo interior” y que para un japonés es, símplemente Uchi: “lo que está dentro” física o mentalmente. En este sentido hay que entender la mal llamada “estética Zen”.


Quizas el lector nunca se haya planteado la razón por la que si el Zen y el Budismo está tan presente en todo Japón, tan solo se encuentren los modelos de esa estética en la ciudad de Kyoto o que si existe desde el siglo XII, sus postulados estéticos procedan del siglo XVII
Este templo (Kinkakuji, el templo de oro) y sus jardines adyacentes, incluída una pequeña cabaña para la Ceremonia del té (Cha sitsu), fué construido en 1397 por el Shogun Ashikaga y dedicado al Zen por su hijo. Un templo recubierto enteramente de oro, no parece “muy Zen” si se me permite la expresión.


 

A comienzos del siglo XVII, Tokugawa Ieasu toma el control de Japón y es nombrado Tai Shogun acabando con el casi permanente estado de guerra civil que asolaba Japón desde que el Estado se descentralizó en Han o feudos, gobernados por un Daimyo o señor feudal con su ejército formado por bushi y samurai y con ansias de poder, influencia y territorios.

Tokugawa, un poderoso Daimyo antes de conquistar el poder, ideó una estratagema para impedir sublevaciones y rebeliones que devolviesen el poder al Emperador o permitiesen a otro Señor la conquista del Shogunato. Esta estratagema era tan simple como eficaz: privar a sus opositores de los recursos necesarios para armar un ejército.
Para ello, proclamó un edicto por el que todos los señores feudales debían acudir una vez al año acompañados de todo su séquito, lo cual implicaba un gasto considerable. El tiempo que permanecían en sus feudos respectivos, la esposa y el hijo primogénito eran “huéspedes” del Shogun por lo que, además del viaje, el Daimyo debía contribuir a los gastos de manutención de su familia en Edo, incluidos asistentes, doncellas, pajes, etc…

De esta sencilla (y maquiavélica) manera, el Shogun controlaba las finanzas del Imperio manteniéndo al Emperador y su corte en Kyoto sin recursos para lujos o ejércitos, al tiempo que la ostentación y la riqueza ocupaban Edo con su complejo sagrado en Nikko.

En un pais, una cultura, en la que “el exterior” es tan importante como “el interior”, los nobles y cortesanos de Kyoto se vieron forzados a buscar y usar una estética que mostrase su estatus social con los mínimos recursos, la solución vino de la mano de un monje Zen: Sen no Rikkyu.
La sociedad de Kyoto estaba dominada por un sentimiento de nostalgia sintiéndose “desterrados”, apartados del lujo y la belleza. Sen no Rikkyu convirtió ese sentimiento en el pilar de la nueva estética y expresión artística devolviendo a la nobleza de Yamato su origen campesino, integrado en la naturaleza, con motivos que evocaban los paisajes de montaña por los que solían transcurrir sus vidas plácidamente. Este sentimiento de belleza solitaria se llama Wabi.

Al mismo tiempo, sus postulados estéticos, de materiales sencillos y rústicos, acusaban el paso del tiempo, recordando lo efímero de la vida, un concepto arraigado en el pensamiento japonés debido a las condiciones geográficas en los que se asienta el archipiélago: Al estar situado justo entre las placas de Okhotsk, la Euroasiática y Filipina, además de en el Cinturón de Fuego del Pacífico, su actividad sísmica y volcánica es altísima. Por otra parte se encuentra en la ruta de los tifones tropicales. Por ello, desde su prehistoria, la mentalidad japonesa asume que la vida es absolutamente efímera y marca su pensamiento con un profundo fatalismo.
Pero volviendo a sus postulados estéticos, el tiempo va dejando un poso, unas cualidades características, por ejemplo el musgo en la roca. Este es sentimiento de belleza futil llamado Sabi.

El último elemento estético y místico es el Vacío.

Este concepto es de dificílisima traducción que proviene del Taoísmo:

Treinta rayos convergen en el cubo de la rueda
Y de esa parte, en el vacío, depende su utilidad.
La arcilla se modela en forma de vasos
y precisamente por el espacio donde no hay arcilla es por lo que podemos utilizarlos como vasos.
Abrimos puertas y ventanas en las paredes de una casal y por estos espacios vacíos podemos utilizarla.
Así pues, de un lado hallamos beneficio en la existencia.
Por otro en la no existencia.

 -Lao Tse, El Libro del Tao-

En Japón este concepto de “Vacío” se llama Mushin (無心) aunque, por ejemplo, el ideograma Kara (空) de Karate-Do tiene el mismo significado, no se trata de un vacío literal, en el que no hay nada, sino de un concepto del que “emanan los diez mil seres”, es decir un vacío creador.
Mushin tiene una difícil traducción, literalmente es “sin corazón” o “sin intención”. Es un estado en el que la acción ocurre con el solo acto volitivo, algo que, en realidad, hacemos constantemente al caminar, al comer o cualquier acto cotidiano en el que no somos conscientes de la volutad de hacerlo. Este es el “Principio del Vacío”.

Cuando se está “lleno” de algo es imposible aprehender otra cosa, de ahí la importancia de no apegarse a nada y dejar que la belleza del “aquí y ahora” penetre en nuestro corazón. Mu (無) es el prefijo de negación y está presente en toda la ética y la estética Zen. Sin embargo, a ojos occidentales, esta estética minimalista del Vacío, está preñada de su significado místico, cuando desde el punto de vista japonés es una cuestión puramente pragmática.

En un pais superpoblado, con grandes cadenas montañosas y sujeto a las condiciones geofísicas antes enumeradas, es imposible el apego a las cosas materiales, incluída la vida, pues todo puede desaparecer en un instante debido a un terremoto, a un tifón o a la actividad de un volcán, en los tiempos de guerra civil y aún en el periodo Edo, por una emboscada o un ataque imprevisto.

Sen no Rikkyu aunó todos estos conceptos estéticos y éticos abogando por la rusticidad y la imperfección de las cosas, de forma que evocasen sentimientos diferentes según incluso las diferentes estaciones del año, de forma tal que dió lugar a una estética propia muy diferente al lujo y la ostentación del Shogunato y que ha quedado como imagen tópica de la estética japonesa.

Sus jardines (llamados Roji) están diseñados para jugar con los sentidos de tal forma que el visitante pierda la noción del tiempo y del espacio y forme parte activa de la contemplación de la naturaleza, al tiempo que toma consciencia de su puesto en el Universo, ante el cual, todos los seres vivos son iguales y conviven en armonía.

 


Más de dos siglos (desde 1605 hasta 1868) Japón permaneció aislado del mundo exterior, por lo que su pensamiento y filosofía sufrió un proceso endogámico, alimentándose de sí mismo, hay que añadir que a mediados del periodo Edo emergió una corriente xenófoba, originada por el rechazo al budismo en favor del shintoísmo, por lo que se intentó desterrar toda influencia china para buscar lo “puramente” japonés.
El intento fué vano en la práctica, dado que todo el arte, arquitectura y gran parte de su pensamiento tenía origen chino, principalmente confucionista, por lo que el propio Shinto asimiló tesis confucionistas a sus propios postulados. Sin embargo, a pesar de esta purga, la ética y estética de Sen no Rikkyu provocó el auge y el surgimiento de la Edad de Oro japonesa.

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